Y me dio por pensar (sí, a veces, sólo a veces, me da por pensar, pero sin matarme, que no es plan) que, en realidad, todos somos como ese ciego de ojos blancos y opacos que doblaba una esquina agitando su bastón en el aire. Todos andamos con nuestra propia ceguera a cuestas y nuestro bastón en una mano temblorosa para guiarnos por esta oscuridad espesa y amenazadora que ya nos envuelve con sus brazos de niebla. Y agitamos un bastón en el aire para no tropezarnos con la miseria, el dolor, el desaliento, la resignación, el aburrimiento, el desamor, la enfermedad, la muerte, las canciones de Julio Iglesias, el pescado hervido, el keptchut, la soledad, el pánico.
Casi siempre, en este agitar de palos blancos en la niebla, se nos escapa un bastonazo y alguien grita ay o algo parecido. Y siempre, en este deambular ciego por esta oscuridad ominosa, circula con más prestancia y sin problemas quien tiene la leche más mala y el bastón más duro y más largo.
Es la vida.











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Una vez más, los libros que casi regala el diario Público me han traído a la memoria un tiempo que me parece que fue ayer, pero no, que es de Maricastaña. Primero fue la “Nueva Antología Rota”, de León Felipe, un poeta muy olvidado, creo que injustamente. Y ojeando los versos de León Felipe, evoqué aquellos entusiasmos juveniles de cuando entonces, cuando leíamos “El Poeta Prometeico viene a dar testimonio de la Luz./El Poeta maldito...a dar testimonio de la Sombra”, y uno no sabía si ser poeta prometeico o poeta maldito, según fuera el día, y escribía versos muy malos soñando con recitarlos a las masas con voz vibrante de tribuno o, con la voz pastosa de un beodo, a los parroquianos de un bar oscuro delante de una mediada copa de absenta, según fuera el día. Y leo ahora aquello de “Yo sé muy pocas cosas, es verdad./Pero me han dormido con todos los cuentos.../Y sé todos los cuentos”, y me acuerdo de este poema cantado por un grupo muy cursi y muy de cuando entonces que se llamaba Aguaviva, creo, pero esos versos me han emocionado ahora como entonces. Y también he vuelto a leer aquello que leí con Franco vivo: “Franco... el sapo iscariote y ladrón en la silla del juez repartiendo castigos y premios”, y me acuerdo que pensábamos algo así como “Hostias, lo que ha dicho” mientras padecíamos una dictadura cutre de cojones con olor a cirio, sotana rancia y dinero manchado de sangre. Y Público también casi me regaló “Las nubes”, de Luis Cernuda, lo que me ha permitido acordarme de lo buen poeta que es Cernuda y de cuánto me gustaba. En “Las nubes” no está el “Adolescente fui en días idénticos a nubes” que aparece en mi anterior artículo, un poema, por cierto, que me descubrió a Cernuda a través de mi amigo Tomás. Pero sí está en “Las nubes” un poema dedicado a Lorca, entonces recién asesinado, y que ofrece versos como “La muerte se diría/más viva que la vida/porque tú estás con ella”, versos que, como elegía, suenan más hondos que “por los altos andamios de mis flores/pajareará tu alma colmenera”, dedicados por Miguel Hernández a su amigo Ramón Sijé. En fin, que, después de tanto tiempo, he vuelto a leer versos y casi, sólo casi, he creído con Gabriel Celaya que “La poesía es un arma cargada de futuro”. En mi caso, ahora mismo, es emoción cargada de pasado, perdóneseme la cursilada, y no sé si ponerme a escribir versos, lo que casi me convertiría en un viejo verde, o poner mi alma colmenera a triscar por un bancal de margaritas.