La bicicleta estática es una bicicleta que ni es bicicleta ni es ná, sólo unos pedales y gracias. Uno coloca su culo en el sillín, pedalea, hace equis kilómetros y se baja de la bici con el culo baldado y sin haberse movido del sitio. Gratificante, lo que se dice gratificante, no es mucho.
Además, eso de pedalear y hacer kilómetros en una baldosa, sin aire en la cara y sin paisaje que valga, le permite a uno darle más vueltas todavía a las chorradas que le revolotean por la cabeza. Doy una pedalada y pienso en lo coñazo que es pedalear para ir a ningún sitio, doy un par de pedaladas más y me da por hacer balance de mi vida y me veo así siempre, pedaleando hacia la nada, caminando exhausto para no moverme de donde estoy. Sigo con los pedales, erre que erre, y me cago en los diseñadores de sillines de bicicletas estáticas, que, a lo mejor, no tienen culo y por eso no les duele estar sentados en el artefacto en cuestión. Llevo ya unos kilómetros hacia la nada y me engolfo en meditaciones vacías sobre mi vida vacía y quieta por mucho que me haya movido. Miro el cielo por la ventana y compruebo que ha dejado de llover, me bajo de la puñetera bicicleta estática, omito los dolores de mi culo, me pongo la chupa y salgo a la calle para, esta vez sí, pensar que voy a algún sitio cuando, en realidad, siempre me vuelvo por donde he ido y concluyo que lo único que hacemos es dar un paso detrás de otro para seguir viviendo, aunque sea para no ir a sitio alguno.
En fin, felices fiestas, feliz año nuevo y toda la pesca y a vivir, qué remedio nos queda.
