Está claro que hay protestas que sólo sirven para salir en la prensa, porque lo de que las autoridades competentes arreglen el problema origen de esa protesta ni hablamos. Los defensores de los animales se ponen en pelotas para protestar por el uso de pieles en la moda y, a estas alturas, ya forman parte del folclore de cualquier desfile fashion que se precie. Los contrarios a las corridas de toros, con sus pancartas, sus puestas en escena con torero asesino y toro asesinado como protagonistas y sus eslóganes tipo “Cuando el toro mate al torero, que le den las dos orejas y el rabo”, contribuyen ya, sin duda, a dar más colorido a la entrañable fiesta nacional y, desde hace poco, un año sin obispos y curas pancarteros no es un año completo.
Lo bueno de éstas y otras muchas protestas es que son muy agradecidas tanto para los que protestan como para los protestados. Unos se lo pasan en grande coreando rimas estúpidas y soplando silbatos y trompetillas en una soleada mañana de domingo y otros siguen a lo suyo que por un oído me entra y por otro me sale.
No descarto del todo que se les dé un disgusto a esos estudiantes colombianos si se atienden sus protestas, que a ver qué hacen con el disfraz de zombie; no me extrañaría que los antitaurinos se quedaran desolados en el fondo si se suprimieran las corridas de toros, con la pereza que da buscarse una nueva buena causa; me sorprendería apenas nada que los defensores de los animales buscaran otro pretexto para enseñar tetas y culos en el caso de que se prohibiese la confección de prendas de visón y similares; y, por supuesto, y ya puestos, lo mismo se le daría un pequeño
disgustillo a curas y obispos, ahora que le han cogido el gusto a irse de mani todos los findes, si se restaurara esa Inquisición por la que cada vez suspiran más y con menos disimulo.
Y es que estas protestas, al lado de la toma del Palacio de Invierno o del asalto a La Bastilla, dan como un poco de risa.
Que yo sepa, aunque sepa poco o nada, la única protesta efectiva es la que consiste en dar donde más le duele al protestado. Claro que, en este caso, lo mismo nos dan a nosotros, que duele más. Así que disfracémonos de zombies y echemos un polvo sobre la pancarta, que menos da una piedra. Eso sí, a nosotros nos seguirán dando del derecho y del revés mientras soplamos un silbato cualquier soleada mañana de domingo.
